lunes, 1 de junio de 2009

¡Europa!, ¿Europa?

Hace unos días presencié una escena que no por muy vista en películas o televisión no deja de ser preocupante cuando lo ves cerca de tu casa, cuando la situación se produce en las calles de nuestro pueblo, cuando esto ocurre en una pequeña comunidad como la nuestra. Eran las siete de la tarde cuando una pareja y dos niños de corta edad, uno de ellos aún en sillita, buscaban entre la basura. Los mayores revolvían los contenedores, mientras el mayor de los niños husmeaba en las bolsas depositadas en el suelo.


En ese instante seguramente en otro punto de nuestro País, otros rebuscaban entre juegos de palabras la manera de intentar coger una ración más grande del pastel electoral que se nos echaba encima. La broma europea nos costará solo a los españoles más de 32 millones de euros, eso sin contar los 18 que se gastará la UE para ‘animarnos’ a votar. ¿Esto es austeridad en momentos de crisis? Los dos actores principales se repartirán más de 25 millones de nuestros impuestos (1,07 euros por cada voto y otros 0,15 euros por elector para propaganda). El sequito de primer orden (aquellos que obtengan un mínimo del 3% de los sufragios) se repartirá las millonarias migajas, aún sin obtener representación. Por último el resto, los secundarios (hasta sumar las 38 candidaturas) entre cuyos miembros de sus listas (que nombre más apropiado para definirles) algunos ya habrán consultado las agencias de viajes para ver donde gastar los 15 días de vacaciones que se van a pegar por el solo hecho de presentarse a unas elecciones y que no les permitirá ni siquiera pedirles el voto a sus familiares.


Pero si volvemos a Europa debemos tener claro que dos tercios de las decisiones que afectan a cada país comunitario se toman en Bruselas, pero cada vez nos preocupa menos a los ciudadanos y las consideramos como una cita de segundo orden. Quizás el hastió político, las dudas sobre su eficacia, la crisis económica e institucional, el escaso valor de un voto para decidir el resultado ha significado que la participación ha ido cayendo progresivamente, perdiendo un 16% entre 1979 y 2004 donde solo acudimos a votar un 45,5%. En cambio ese descenso contrasta con el incremento de poderes de ese Parlamento que no conocemos. Dicho de otra manera cada vez nos importa menos pero cada vez tienen más poder.


Como muestra de lo anterior lo que estamos viendo en estos días es un espectáculo donde los dos grandes se acusan mutuamente con la única intención de demostrar a sus votantes (por otro lado ya convencidos) que el malo, el irresponsable y el causante de lo que nos pasa, es el otro. Por lo tanto han convertido los mítines en una cuestión interior a modo de sesión del Congreso y el resultado de las elecciones en una primarias encubiertas con vistas al 2012 o si puede ser para antes. ¿Y para mi que son?, ¿conmigo que pasa? Nos dicen que los problemas se solucionan si les votamos, ¿entonces si no les votamos nos chinchamos y no nos ‘ajuntan’? Hombre seamos más serios.


Ahora se vuelve a escuchar que las elecciones son “la fiesta de la Democracia”, una fiesta bastante cara por cierto. Si tenemos en cuenta que en 2007 hubo elecciones municipales, en 2008 generales y andaluzas y en 2.009 vascas, gallegas y europeas; más que fiesta parece un cachondeo. Bien está que después de tantos años de franquismo tengamos mono electoral pero no por eso convertirnos en el país de la UE que más gasta en elecciones. No por celebrar más elecciones que nadie somos más demócratas que otros, más bien lo contrario, si no que le pregunten al venezolano Chávez. La democracia crece por la fortaleza de sus instituciones y la autonomía de sus poderes (claramente manejados y elegidos actualmente según sus obediencias políticas) no por el número de elecciones.


Tal y como están las cosas, deberíamos ahorrar dinero en fiestas, creo que sería deseable que todos los comicios autonómicos fueran al mismo tiempo (igual que los municipales) y que las elecciones generales se aprovecharan para las consultas imprescindibles de índole constitucional. No podemos soportar vivir en una constante campaña electoral, que desde luego no tiene nada que ver con ser democrático.


¿Hasta cuando va a durar esto?, decía recientemente Oreja, hasta que nos votéis, se respondía. Esa frase refleja que principalmente estos resultados electorales están medidos en función del beneficio que proporcionaran a los partidos políticos y no en función de lo que deberían reportar a los ciudadanos. Busquemos soluciones para esa y otras muchísimas familias en difícil situación y legislen, por favor legislen, para que el beneficio de las consultas electorales sea para el pueblo, no para esa democrática clase política que se han inventado, que por otro lado ya estaba bien colocada.

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